
Cuando pensamos en violencia de género dentro de una relación de pareja, solemos imaginar vínculos adultos. Sin embargo, este tipo de violencia a menudo puede observarse en vínculos que comienzan desde etapas más tempranas, especialmente durante la adolescencia.
La adolescencia es una etapa de descubrimiento: del propio cuerpo, de la identidad, de la amistad, del amor. Es el momento en que muchas y muchos jóvenes viven sus primeras relaciones afectivas. En ese proceso, ya traen consigo ideas sobre cómo “debería” ser una pareja y qué significa querer a alguien, y eso es lo que vuelcan en sus relaciones.
A medida que crecemos, interiorizamos mensajes sobre lo que significa estar en pareja. Lo aprendemos en las series y películas que vemos, las canciones que escuchamos, y también en las conversaciones familiares y las que circulan en redes sociales.
En muchos casos, las creencias problemáticas se van instalando de forma sutil, presentándose como gestos románticos o señales de compromiso. Pero, poco a poco, muchas de ellas pueden sentar las bases de nuestro modo de ver al amor, que resultan perjudiciales y pueden llevar a la persona a sostener vínculos en donde predomina la violencia:
En la adolescencia, cuando se viven las primeras relaciones afectivas, estas ideas pueden adquirir un peso especial. Es una etapa en la que se empiezan a construir los propios modelos de amor y de vínculo, y la mirada de la pareja puede influir fuertemente en la autoestima y en la identidad. Con menos experiencia para identificar límites poco saludables, algunas conductas de control pueden pasar desapercibidas, normalizarse o incluso valorarse como pruebas de amor.
Y aunque estas dinámicas pueden afectar a distintos jóvenes, son las mujeres y las niñas quienes las experimentan con mayor frecuencia y, en muchos casos, con mayores consecuencias.
Hoy las relaciones no se construyen solo cara a cara. También se sostienen en mensajes, historias, fotos, ubicaciones compartidas y estados en línea. El entorno digital forma parte del vínculo, y puede ser un escenario más en el que la violencia de género se perpetúe.
En la práctica, esto puede verse en situaciones como:
Estas prácticas forman parte de lo que se conoce como abuso digital en la pareja. En muchos casos, no aparecen de forma aislada, sino conectadas con otras formas de control fuera de la pantalla.
La violencia de género en el marco de una relación rara vez se reduce a un único episodio. Con frecuencia se manifiesta a través de situaciones que se repiten y pueden volverse cada vez más difíciles de manejar.
A veces, estas situaciones no se reconocen de inmediato como parte de un problema mayor. De hecho, muchas veces la persona que sufre violencia de género se encuentra atrapada en una rueda que suele tomar las siguientes características: suele comenzar con celos insistentes, reclamos frecuentes o exigencias que generan incomodidad. Con el tiempo, pueden aparecer episodios más claros de desvalorización, presión o agresión que dejan un malestar más evidente. Y por último, es común que se observe un periodo caracterizado por pedidos de perdón por parte de la persona agresora, promesas de cambio o gestos intensos de afecto que traen alivio y la sensación de que todo volvió a la normalidad.
Esta rueda de violencia es muy frecuente y una vez allí dentro, suele ser muy difícil para la persona tomar distancia.
Algunas acciones que pueden ayudar:
1. Conversar sobre qué es una relación saludable.
Hablar de respeto, límites, autonomía y confianza mutua. Recordar que el amor no implica control, miedo ni pérdida de libertad.
2. Cuestionar creencias sin descalificar.
Invitar a reflexionar con preguntas abiertas: ¿Cómo te hace sentir eso? ¿Qué pasaría si lo viviera una amiga? Este tipo de preguntas permite pensar sin imponer.
3. Mostrar disponibilidad sin invadir.
Cuando un adolescente percibe apoyo en lugar de juicio, aumenta la probabilidad de que comparta lo que le preocupa.
4. Prestar atención a cambios en el ánimo o en la conducta.
Aislamiento, angustia después de usar el celular, miedo a no responder mensajes o pérdida de interés por actividades pueden ser señales de alerta.
5. Buscar ayuda si es necesario.
Si el malestar persiste o la situación se intensifica, el acompañamiento de un profesional puede ser un recurso valioso.
Acompañar no significa controlar, sino estar presentes, escuchar y ayudar a construir modelos de vínculo basados en el respeto. Abrir conversaciones tempranas puede marcar una diferencia significativa en cómo los y las jóvenes entienden el amor y los límites, hoy y en el futuro.
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